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Página Siete

Desde viruela hasta cólera, Bolivia venció epidemias históricas

El 21 de marzo de 1919, el diario paceño El Tiempo titulaba: “Los  estragos de la gripe en La Paz”. Y añadía: “El número de fallecidos ayer alcanza a 17. Un barrio muy amenazado es el de Miraflores, donde se dice que hay muchos enfermos indígenas. Hay epidemia en Obrajes”. El 20 de junio de ese año la portada del diario de la mañana decía: “Las epidemias  empiezan a hacer estragos en la población infantil”. 

Entre 1919 y 1920 murieron contagiadas unas 100 mil personas en Bolivia, que para entonces tenía 1,7 millones  habitantes. La asesina -que recorrió el planeta como pandemia- se llamaba gripe española y se ensañaba con los niños menores de dos años.

 Esa no fue la primera ni la última  de las epidemias que asolaron el país a lo largo de su historia:  viruela, malaria, fiebre amarilla, cólera y dengue, entre otras, también dejaron luto a su paso. 

“La casi totalidad  de las enfermedades infecto-contagiosas se han presentado en el territorio que hoy ocupa Bolivia, tanto durante la época de la Colonia como en la República. La variedad de climas, desde el tropical hasta el polar, su diversidad topográfica territorial: sus altas montañas, y la profundidad de sus valles; su mediterraneidad, rodeada de varios países con una patología muy variada hacen de Bolivia un país dotado de condiciones adecuadas para la propagación de las enfermedades”, sostiene el doctor Antonio Dubravcic en el estudio Epidemias en Bolivia. “Es poca la información que se tiene sobre la mortandad que causó cada una de ellas, pero asolaron sin piedad”, complementa.

Si la Colonia dejó pestes como la viruela, la Independencia sumó otras. “Las enfermedades dominantes al iniciarse la República eran la viruela, el paludismo (chujchu), la tuberculosis (tysis), la sífilis (buba), la peste bubónica, la leishmaniasis (uta), el bocio (ckoto) y la lepra” sostiene el médico Gregorio Mendizábal en el libro Historia de la Salud Pública en Bolivia. Vendrían después otras amenazas desconocidas hasta entonces: el cólera, el dengue, el coronavirus.

La viruela

Cuando de Europa llegó la colonización (hace ya cinco siglos) trajo consigo, entre otras cosas, a la viruela. El  cronista-soldado Cieza de León escribió en su Crónica del Perú que esa enfermedad mató unas 100 mil personas, entre ellas el Inca Huayna Cápac, durante la conquista de tierras altas.

 Fray Mingo de la Concepción, quien llegó a lo que hoy es Tarija en 1755, relata que entre 1790 y 1791 una de las armas para evangelizar  a los chiriguanos que habitaban en tierras chaqueñas fue la epidemia: “Estoy convencido al verlos por los montes comiendo raíces y contagiados por las viruelas que admitirán sin duda el evangelio”, registró en sus crónicas publicadas después con el título de Historia de las misiones franciscanas entre chiriguanos.

“En 1621 el  gobernador de Santa Cruz, Nuño de Cueva, refiere que la peste de 1620  diezmó la población de esa ciudad. En los  años de la República, 1861, se presentó una epidemia de viruela  de alarmante gravedad que comprometía los departamentos de Chuquisaca, Santa Cruz y Tarija. En 1888-1889, se presentó en la ciudad de Sucre, una epidemia que acabó con el 10% de la población”, refiere Dubravcic.


En 1902 llegó, finalmente, la vacuna y por Ley de 21 de octubre se encomendó al Servicio Nacional de Vacunación distribuirla en todo el país. En 1969,  la  Organización Mundial de la salud declaró erradicada la viruela de Bolivia.

Paludismo o malaria

El cronista español Pedro Cieza de León relata que la conquista de la  zona de los Yungas  fue difícil para el inca Huayna Cápac primero y después para los conquistadores españoles debido a una extraña enfermedad que empezaba con fiebres muy altas, escalofríos y mucha sudoración. Los indígenas la llamaban chujchu, Occidente la bautizó como malaria o paludismo. 

Y aquí entra la leyenda: Dicen que los lugareños habían recibido de la generosidad de la Pachamama la cura al mal y era una corteza: la kara que devino a llamarse quina, que es hasta hoy el remedio para la enfermedad.

Los quechuas se enteraron del secreto y pudieron continuar su avance hasta  los llanos de Moxos; pero los españoles nunca lo supieron y emprendieron un plan de fuga del mal. Se alejaron de los ríos y se asentaron en lugares altos como Coroico, Coripata e Irupana. Llevaron allí esclavos traídos de África que habían sobrevivido al frío potosino y fracasaron. La piel morena no era inmune al chujchu.

Lo cierto es que siglos después, a principios de 1920, los registros oficiales establecen que en el pueblo cochabambino de Villa de Taboada,  rebautizado hoy como Mizque,  sobrevivieron de un brote de malaria sólo 750 de sus 3.000 habitantes. 

En la Guerra del Chaco (1932- 1935), el paludismo fue otro enemigo de las tropas bolivianas. “El brote fue desastroso y se calcula que el 70% de los soldados murió con paludismo y no como resultado del enfrentamiento bélico con Paraguay. No fue todo, los sobrevivientes que retornaron a sus hogares expandieron las fiebres y Bolivia llegó a un nivel de desastre nacional. En 1941 se atendieron 81.000 pacientes infectados, pero no existen registros del número de muertes”, sostiene Dubravcic.

Fiebre amarilla

El  7 de octubre de 1852, el periódico La Época  informaba: “Fuentes gubernamentales confirmaron que el expresidente boliviano José Ballivián murió ayer en Brasil víctima de la epidemia de vómito negro que asola la región. Sólo 13 personas acompañaron el cortejo, dice el informe”. El primer registro de una epidemia de fiebre amarilla en Bolivia data de 1856, está firmado por el doctor Manuel Cornejo y alerta sobre 1.000 fallecidos  en las provincias Omasuyos y Larecaja del norte de La Paz. 

Ambos hechos son citados en el libro de Gregorio Mendizábal, quien refiere que en febrero de 1887, otro brote apareció en la provincia Cordillera de Santa Cruz y amenazó a poblaciones de Chuquisaca. A la zona  fue enviada una comisión conformada por tres médicos, de los cuales enfermaron dos y uno de ellos  -Federico de la Peña- falleció.

En 1932, los médicos  Nicolás Ortiz y José Camó, a raíz de un brote que mermó la población cruceña de Abapó, realizaron la primera identificación científica de la enfermedad endémica en el oriente boliviano. Ese mismo año, la Fundación Rockefeller inició una campaña de lucha contra el mal -también llamado tifus o vómito negro- en el país. 

“En los años 1949-50 se presentó una epidemia que abarcó las tierras bajas, incluyendo Beni, Chuquisaca y Tarija. En 1991 se presentó un brote en Santa Cruz y se registraron un centenar de casos en Nor Yungas y el Chapare con un elevado porcentaje de mortalidad”, dice el estudio Epidemias en Bolivia.

La gripe y la peste

La década de los años  20 comenzó mal. La llamada gripe española, que dos años antes había estallado en Europa, era ya una pandemia que a la postre se llevó la vida de entre 50 y 100 millones de personas en un mundo que aún no había desarrollado los antibióticos. Ese tipo de influenza llegó también a Bolivia donde entre   1919 y 1920 causó unas 100 mil muertes, la mayoría de niños.

En 1921, cuando el país aún afrontaba  la epidemia de gripe española, se registró un letal brote de peste bubónica en la población tarijeña de Padcaya y de allí asoló el sur del país. 

“Según contaron algunos testigos, a los enfermos los quemaban junto a sus casas y depositaban sus restos en fosas comunes. Fue un hecho sin precedentes que acabó con 1.000 de los 3.000 habitantes de Tarija. Sólo se pudo contener con un cordón sanitario”, sostiene el doctor Álvaro Ramallo en su libro Peste bubónica en Padcaya, terror y desolación el año 1921.

Unos años antes, en 1912, en La Paz se presentaba el primer enfermo de lepra que nunca fue epidemia en el país pero causó pánico. El caso fue registrado en el periódico El Comercio  con un artículo firmado por el doctor Félix Veintemillas.

“Después de  la aparición de casos en Chuquisaca, Cochabamba, Santa Cruz,  Beni y Pando, el departamento de La Paz tiene un foco leproso confirmado. El diagnóstico fue establecido en un enfermo que desde hace varios meses ocupaba cama en el Hospital General y que de tarde en tarde vagaba por las calles, sirviendo de lazarillo a un ciego”, refiere el reporte.


El cólera

En agosto de 1991 se diagnosticó el primer caso de cólera en un agricultor del valle paceño de Río Abajo. A fines de 1992, la enfermedad había atacado a 23.862 personas en el país y dejado 416 fallecidos.

Fue la epidemia más dura que le tocó afrontar al doctor Rolando Gonzales, hoy miembro del Tribunal de Honor del Colegio Médico de Bolivia. “La transmisión del cólera en principio fue incontrolable, de La Paz pasó a Cochabamba y de allí a todo el país”, cuenta el galeno a Página Siete.

El cólera se transmite por el consumo de agua o alimentos contaminados por la bacteria  Vibrio cholerae. La insalubridad y falta de servicios básicos fueron aliados de la epidemia que llegó desde el vecino país de Perú. Bolivia se declaró en emergencia nacional en 1991. 

No obstante, la primera semana de 1992 un brote explosivo  se presentó en Cochabamba. Rápidamente llegó a Santa Cruz y se expandió. Finalmente se presentaron casos de cólera en ocho departamentos, sólo se salvó Pando.  

“Se combatió la enfermedad con un plan coordinado desde el Gobierno, con el compromiso del personal médico y con mucha educación a la población. Fue una batalla dura pero vencimos”, asegura el doctor Gonzales.

Males del siglo XXI

Con el nuevo siglo hicieron su aparición en el planeta enfermedades transmisibles cada vez más resistentes que causaron epidemias como la influenza H1N1 o el ébola.  La primera fue contenida,  la segunda no llegó a Bolivia; el país en cambio  sí reportó brotes de zika, chikungunya y machupo. 

Actualmente, América Latina sufre la epidemia de dengue más grave de los últimos 30 años con un registro histórico de  3,1 millones de casos.  Y en Bolivia, en lo que va del año, se reportan más de 50.000 casos, con el saldo de una veintena de muertos. 

El mal, que se transmite con la picadura del mosquito hembra del Aedes Aegypti, es un viejo conocido en el país. El primer registro de una epidemia de dengue está fechado en 1931 en Santa Cruz. 

 “Para derrotar al cólera trabajamos juntos: autoridades, médicos, profesores y familias enteras”,  asegura el doctor Gonzales. Y recalca: “Así se combaten las epidemias: con un plan, con compromiso, con solidaridad. Así derrotaremos a cualquier otra amenaza sanitaria”.

La amenaza del arenavirus

En junio pasado, una doctora interna y un residente en la ciudad de Caranavi murieron a causa de una extraña enfermedad que se presentaba con hemorragias profusas. Dos médicos que las atendieron se contagiaron. El doctor Gustavo Vidales falleció en julio como consecuencia del mal; su colega Marco Antonio Ortiz sobrevivió tras meses en terapia intensiva.

Tras la alarma, la enfermedad fue identificada como mapucho, que es transmitida por una cepa de arenavirus.  Y no era nueva en el país; de hecho, fue bautizada como Fiebre Hemorrágica Boliviana ya  en el siglo pasado.

“Desde 1958  -refiere el doctor Gregorio Mendizábal en  Historia de la Salud Pública de Bolivia- llegaban noticias de que en algunas poblaciones de Beni se habían presentado casos de una enfermedad desconocida que producía muchas muertes. Entre junio y septiembre de 1961 hubo brotes en la región de San Joaquín de la provincia Mamoré y en la isla Orobaya en la provincia Itenez que dejaron 198 enfermos de los cuales fallecieron 70”.

Mendizábal fue parte  la primera comisión médica que fue enviada al lugar y logró identificar al virus y, entre otros hallazgos,  estableció: “Los reservorios probables son los roedores que pululan en los campos y los vectores  posibles: pulgas o garrapatas”.

En 1963, a invitación del Gobierno para que investigue la enfermedad, llegó a Bolivia el científico Henry Beye, director de la Middle American ResarchUnite. Recogió muestras en poblaciones benianas que registraban brotes y sus estudios aislaron al virus del ratón Colomys Callosus. Beye falleció poco después a causa del mapucho y tres investigadores se contagiaron el mal.

Pero el arena -como todo virus- muta, se vuelve resistente, se camufla y ataca. Así reapareció el año pasado y  cobró tres vidas. 

El 26 de noviembre de 2019, después de 153 días hospitalizado, el doctor Marco Antonio Ortiz fue dado de alta. “Soy un sobreviviente al arenavirus y la prueba de que se lo puede vencer”, dijo.
 

 

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