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Hernán Churba

Nacen cuatrillizos con sangre boliviana en Buenos Aires

Llegué al hospital, recorrí el pasillo hasta las escaleras y subí directamente al segundo piso. Abrí la puerta de vidrio y entré en el área de urgencias. En plena pandemia, el panorama era el esperable: camisolines, guantes y barbijos quirúrgicos, barbijos N95, antiparras, escudos faciales y cofias.

La imagen que tenemos de los trabajadores de la salud en tiempos de Covid-19. De los que ponen el cuerpo para salvar vidas. O para traerlas al mundo. Para que las madres puedan parir en un marco de seguridad para ellas, para sus bebés y para el personal que las atiende.

El Hospital Materno Infantil Ramón Sardá atiende alrededor de 6.000 partos anuales, lo que representa el 30% de todos los partos en hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires. Desde el comienzo de la cuarentena, el porcentaje ascendió al 35%.

Durante los primeros 60 días de cuarentena, en la Sardá nacieron 949 bebés: 435 mujeres y 514 varones. Si bien la Sardá pertenece a la Ciudad de Buenos Aires, solamente un tercio de las pacientes son de CABA. Dos de cada tres provienen –en general– del conurbano bonaerense. Y algunas llegan desde lugares mucho más lejanos, como Adriana, que viajó desde Salvador Mazza, Salta, una localidad fronteriza con Bolivia. Aunque cualquier parto tiene épica en una pandemia, la historia de ella suma matices emotivos increíbles.

Conocí a Adriana mientras fotografiaba la terapia intensiva de neonatología. Ella sabía que no era recomendable para ella quedar embarazada. Desde sus 15 años le habían diagnosticado patologías que podían poner en riesgo su salud y eventualmente la de su bebé. Pero su deseo jugó fuerte y, luego de haber perdido dos embarazos, quedó nuevamente embarazada.

Tras la primera ecografía, descubrió que no esperaba un bebé: dentro de su vientre se gestaban cuatro nuevas vidas. Si con un embarazo simple había riesgos, el panorama con cuatrillizos le resultó aterrador.

Los primeros controles se los hizo cruzando desde Salta a Bolivia. La familia de Adriana es de origen boliviano, al igual que Ulises, su pareja. El médico que la atendió le sugirió que eligieran a tres bebés y dejaran morir a uno, para que los otros tuvieran más chances de desarrollo. “Si tienen que nacer van a nacer los cuatro”, reaccionó ella.

El siguiente control se lo hicieron en la ciudad de Salta. La internaron y medicaron, pero le avisaron que tras el alta no podrían seguir suministrándole los medicamentos porque tenía su DNI vencido. Para solucionarlo, necesitaba su partida de nacimiento: conseguirla por Internet iba a demorar.

Adriana no podía esperar y su situación económica le impedía pagarse la medicación. Martha, su madre, la llevó a la terminal de ómnibus y la acompañó en un viaje de casi dos días –Adriana ya con una panza importante– hacia Buenos Aires.

Tras el viaje agotador, los trámites tuvieron que esperar, pero en la Sardá la recibieron. Valenti afirma que, según la Constitución Nacional, no se le puede negar la atención médica a ninguna persona en la Argentina. Me cuenta: “A la Sardá han venido pacientes sin documentos, o con fotocopias de documentos, hasta para un hecho como un nacimiento, que tiene una correspondencia legal porque luego hay que inscribir al recién nacido. Eso deberá resolverlo después la madre, pero acá se privilegia la atención por sobre todas las cosas”.

La Sardá tiene una residencia con 36 camas, donde se quedan las madres de los bebés que tienen que permanecer en terapia intensiva o terapia intermedia. Y ahí es donde permanece Adriana desde que le dieron el alta a ella.

En su semana treinta de embarazo, luego de aguantar lo máximo que su cuerpo le permitió, los estudios detectaron que dos de sus bebés no estaban creciendo de acuerdo a lo conveniente. El 7 de mayo a las 16.30, vía cesárea, nacieron Zoe Fiorela, pesando 1,265 kg, luego Jeziel Mauricio con 990 gramos, Adriel Shamil con 1,080 kg y por último Gabriel Ulises con 1,465 kg.

Adriana tuvo mucho miedo, entró asustada al quirófano, pero cuando los escuchó llorar y le mostraron a sus bebés sintió una felicidad incomparable.

Al cierre de esta nota, los bebés seguían internados en neonatología: creciendo y evolucionando gracias al cuidado del equipo de la Sardá y al amor de su madre, que estaba con ellos todo el tiempo posible.

Ulises, el padre, no había podido conocerlos más que por fotos, mientras que yo había tenido el privilegio de presenciar la primera vez que Adriana pudo cargar a los cuatro bebés en su pecho, y registrarlo y compartirlo con Ulises, y ahora con ustedes.

Adriana es muy creyente. Me dice: “Me aferré mucho a Dios. Espero que pronto podamos salir con salud los cinco”. Cuando llegue ese día, pisará un mundo en el que deberá afrontar una nueva realidad, muy incierta. Deberá conseguir un lugar digno para pasar los días con sus bebés, vestirlos y alimentarlos. Pero, como explica, esos bebés para ella “son un milagro”, y por eso mantendrá su fe y pondrá toda su fuerza para salir adelante.

Desafiando pronósticos y contratiempos, logró traer cuatro vidas a un mundo asolado por una pandemia. Creo que lo mejor está por venir. 

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